Los primeros doscientos escalones se vencen de prisa, luego los pies empiezan a quejarse, el pecho se agita un tanto, y percibes que estás apenas en mitad del trayecto.

Sudas a mares. Una brisa fresca se cuela a ratos en tu pullover, te refresca el cuerpo y la cara. Bromeas con los amigos que se quedaron rezagados, descansas con ellos unos minutos y sigues avanzando.

Estás en la cima. Atrás quedaron 458 peldaños de concreto. No te preocupa el descenso: “Para abajo todos los santos ayudan”, dicen los cubanos y sabes que es verdad. Ahora solo piensas en lo linda que se ve la ciudad de Holguín desde arriba, con sus parques y edificios coloniales. Reparas en los autos, en las gentes diminutas como hormigas y en las tejas rojas que coronan los techos. Te volteas a mirar la cruz bendita de madera de caguairán y las ofrendas que dejan algunos al pie: velas encendidas, alimentos, monedas y flores.

La Loma de la Cruz fue declarada Monumento Histórico Arqueológico Colonial de la isla de Cuba. Cuentan los historiadores que la primera cruz se erigió en el año 1790. La subió a cuestas el fraile Francisco Antonio de Alegría, prior de la comunidad franciscana de Holguín. El religioso fundó así las Romerías de Mayo, una celebración tradicional española, inspirada en Santa Elena, la madre del emperador Constantino el Grande, muerta en el calvario, atada a una cruz.

A inicios del siglo XX, un historiador holguinero de nombre Oscar Albanés, propuso a los vecinos de la villa emprender obras de restauración en las laderas de la Loma. Se hicieron rifas y colectas para pagar los honorarios del arquitecto Vicente Biosca. La empresa culminaría el 3 de mayo de 1950, día en que se colocó una nueva cruz, sustituta de aquella fundacional, de maderas carcomidas por el tiempo.

Hacia los años 90, un rayo seco e imprevisto impactó esta segunda cruz, que hubo de ser relevada por la que vemos erguida hoy.

Desde lo alto del cerro, el papa Francisco bendijo a la ciudad y a su gente el 21 de septiembre del 2015.

Los holguineros tienen suerte de contar con este sitio sublime, refugio de poetas y soñadores. Peregrinar hasta aquí, constituye un acto de legítima fe.

por: Susana Rodriguez Ortega
fotos: Tomadas de Internet