El camino que conduce al rancho La Guabina está bordeado de árboles de un lado y del otro. Casi no hay tránsito de vehículos y con tanto silencio uno escucha mejor a los pájaros cantores. 55 especies de aves endémicas y migratorias crearon su nido por estos lares.

Un montero de la zona me dice que recién ha visto un tocororo sobrevolando su cabeza. “¡Qué suerte la del hombre!”, pienso, por el aire limpio que respira todas las mañanas, porque tiene el alma y los ojos plenos de monte.

La finca donde trabaja está ubicada en la carretera Luis Lazo, a solo 15 kilómetros de la ciudad de Pinar del Río, en medio de un sereno paisaje de montañas, valles y un embalse. Posee una extensión de 1300 hectáreas de tierras en las cuales se crían cabezas de ganado cebú, gallos de lides y conejos; sin embargo, la razón de ser del sitio estriba en el cuidado de caballos de raza.

En la propiedad radica un Centro de Mejoramiento Genético Equino, único de su tipo en el occidente de la Isla, enfocado en estimular las razas Apalussa, de pelaje blanquinegro pecoso y Pinto Cubano, de crin castaña con pintas blancas. A decir de los especialistas la tasa de gestación supera la media nacional.

“Yo llevo 25 años trabajando en la cuadra, amansando potros”, me cuenta José Luis Armenteros.

“A los seis o siete meses de vida se destetan y empezamos a trabajar con ellos. Los hay más malos o más mansitos, “asegún”, refiere con su acento campesino.

− ¿Qué les da de comer? −indago

“Pienso, huevo, miel y hierba; si está seca mejor”.

Desde niño a José Luis le fascina cuidar de los animales. “Soy guajiro”, dice con orgullo.

Quienes visiten dichos predios podrán disfrutar del rodeo que organizan los vaqueros más diestros de la región, pasear en coche de caballo, cabalgar a solas o en grupo, remar en la laguna y almorzar en un ranchón al aire libre exquisitos platos criollos: cabrito, cerdo asado y ropa vieja de res aderezados con naranja agria y limón.

La heredad dispone además de una casa de cinco habitaciones, tres cabañas independientes, un restaurante privado para los huéspedes, una parrilla y un bar.

En la Guabina la naturaleza fue generosa. Los paisanos describen como algo corriente el milagro de un tocororo. Vale la pena llegarse hasta allí.

Por: Susana Rodriguez Ortega