Alejado del bullicio citadino, producido por el sonido de coches y la algarabía de transeúntes, permanece el centro turístico La Dionisia, un paraíso en el que confluyen historia y naturaleza.

Ubicado en la periferia de la Ciudad de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana, el antiguo ingenio cafetalero fundado en 1820 destaca por su colorida flora y fauna, característica de los campos de Cuba.

Francisco Rubier Durán, emigrado francés poseedor de la propiedad, tuvo nueve hijos con Dionisia Girauld Le Rua, señora que falleció en 1834 y en cuyo homenaje adopta su nombre la hacienda.

El local alberga una interesante historia acerca de la etapa colonial en la Isla, en especial del proceso de esclavitud en el siglo XIX y todos los mitos, rituales y creencias que a la finca llegaron desde África, conjunto con los negros originarios del continente apodado “cuna de la Humanidad”.

Horcones de maderas preciosas, soleras de época y piedras volcánicas traídas de Islas Canarias, distinguen la casona de la familia, un pozo aún abastece de agua a plantas y animales, mientras imponente luce aún la ceiba, árbol reconocido por la religión africana como una deidad.

Además de estos atractivos en La Dionisia se puede disfrutar de la típica comida cubana, el arroz moro, la carne de cerdo y la yuca con mojo, así como múltiples variedades de ensalada animan el plato clásico del restaurant del recinto.

Una visita al centro daría oportunidad de disfrutar de la monta de toros y cabalgatas, ofertas gastronómicas de todo tipo, y la más amena compañía de los actuales residentes del lugar, especialmente de Nemesio Guillén Suárez, guajiro de 88 años de edad quien creció escuchando historias de boca de algunos descendientes de esclavos.

La campana que en su momento indicó el inicio y fin de la jornada de trabajo, los almacenes de café y los cuartos para el apareamiento forzoso de los esclavos permanecen en pie para ilustrar la realidad de una época marcada por la explotación de la raza humana.

Bajo el sol caribeño, con sombrero, testigos todos de una historia sin par, los amantes de la espiritualidad acuden a La Dionisia para bailar al compás de un toque de tambor, rodear tres veces la simbólica ceiba y pedir el más anhelado deseo con la esperanza de hacer realidad su sueño en un paraíso de historia y naturaleza.

by: John Vila Acosta