Cuentan los cronistas que cuando los primeros españoles arribaron a Puerto Príncipe hoy provincia Camagüey, el cacique Camagüebax salió a recibirlos con los brazos abiertos. Los trató como hermanos y dispuso para ellos una franja de tierra fértil entre dos ríos. Pero los peregrinos no entendían el concepto de la amistad ni de la gratitud y con sus manos ambiciosas cegaron la vida del jefe aborigen. Arrojaron el cuerpo muerto desde lo alto del Cerro Tuabaquey. Al estrellarse contra la rocas brotó la sangre y por eso las tierras de Sierra Cubitas son tan rojas, fantasean los nacidos en esta ciudad del centro-oriente cubano.

Muchas leyendas narran los abuelos, historias que a su vez escucharon de sus antepasados y que ahora cobran nuevos matices en sus gargantas, como aquella del Padre Valencia o Fray José de la Cruz quien hacia 1815 impulsó las obras de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, el convento de las Madres Ursulinas y el Hospital de Mujeres así como la reedificación del asilo de leprosos en la villa de Puerto Príncipe. Todo cuanto tuvo lo puso el religioso al servicio de los enfermos quienes veían en él a un hacedor de milagros. Poco después de su muerte apareció, en terrenos del lazareto, un aura albina que los fieles asociaron con el alma del fraile. Decían que había retornado para dar alivio a los leprosos. El águila blanca fue exhibida en todo el país y subastada más tarde. Los fondos que generó se utilizaron para aliviar la vida en el sanatorio.

A Camagüey se le conoce como la tierra de los tinajones por la presencia indiscutible de estos en jardines e instalaciones de toda índole. Hacia 1600 comenzaron a fabricarse con el barro rojo de la Sierra de Cubitas. El agua atrapada dentro de sus paredes se usaba para beber, cocinar y se brindaba a las visitas. Anécdotas evocan que dichos recipientes de panza grande hasta sirvieron de escondite a donjuanes sorprendidos en medio de su romance.

Un dicho popular reza que quien toma agua de tinajón se queda en Camagüey. ¿Por qué no te animas a comprobarlo, eh? y de paso recorres las calles estrechas, desordenadas como trozos de un plato quebrado contra el suelo. Un aire viejo se respira en esta urbe, donde pujan por persistir trazas de la aquitectura medieval española.

Si de casualidad te adentras en la casa natal del héroe epónimo del territorio, Ignacio Agramonte y Loynaz, presta atención al silencio que reina en este sitio, roto exclusivamente por el canto de algunos pájaros posados en las cornisas, repara en los detalles arquitectónicos de este inmueble edificado a mediados del siglo XVIII y que a decir de los especialistas recoge toda la huella hispánica, mudéjar y barroca de la arquitectura colonial cubana, con influencias de otros estilos como el Neoclásico y el Rococó.

La vida cultural de la ciudad es increíble. Las noches se hacen cortas en los bares temáticos y centros recreativos donde puedes mover el cuerpo al ritmo de un son cubano.

En los últimos años han aflorado en la ciudad hostales de lujo como el Camino de Hierro, El Marqués, La Avellaneda y Santa María, que garantizan un descanso sosegado al visitante.

Si viajas en grupo y quieres sorprender a tus amigos, invítalos a cenar al complejo La Campana de Toledo, de la Cadena Extra hotelera Palmares. Los empleados de este singular patio colonial te recibirán y despedirán con un toque de campana y es que en Camagüey se respira, se bebe, se vive la tradición.

Por: Susana Rodriguez Ortega